El sábado recibí una llamada en la que se me hacía una invitación a conmemorar el domingo 7 un aniversario más de la instalación del Supremo Tribunal de Justicia en el municipio de Ario de Rosales.
En principio dije que sí, pero luego reparé en que era ese domingo el Día de la Familia y aunque no comparto los Días de lo que Sea, pues no comulgo con la idea de que debamos dedicar sólo un día cada año a recordar y celebrar al amor o la amistad, a la familia, a los niños, a la madre, al padre, al maestro o a los muertos, pues si verdaderamente son importantes para nosotros los sujetos a que se refieren esos días festivos estarán siempre presentes en nuestra vida y seremos con ellos mucho más generosos de lo que se puede ser en un solo día.
Temprano el domingo decidí quedarme en casa, pues el evento al que estaba siendo convocado se llevaría a cabo, sin duda, como todos los años y mi presencia o ausencia en realidad no marcarían ninguna diferencia. Así, me levanté de la cama con el propósito de tener un día exclusivamente con la familia.
El primer gesto fue cuando con mi hijo menor nos abrazamos y se disculpó por el berrinche que había protagonizado la tarde anterior en un centro comercial, cuando salimos del cine. De ahí baje a la cocina y como muchos domingos preparé el desayuno para toda la familia. Habíamos tenido un buen inicio y no veía por qué no habría de seguir así todo nuestro domingo.
Más tarde surgió un mal momento con el mayor de mis hijos, quien me había pedido que le enseñara algo en la guitarra, y ante la molestia de que no le salía, o porque esperaba los resultados sin que le significara el más mínimo esfuerzo tuvimos una desavenencia filial y ambos perdimos el control de la situación.
A veces, aun cuando uno tenga el firme deseo de ser un buen padre, resulta muy complicado llevarlo a la práctica.
La lección no tardó en llegar, a la hora de la comida me encontré con un plato preparado precisamente por mi hijo y una carta de la cual les comparto las primeras líneas: “Papá, yo ocupo tus enseñanzas, la verdad no se qué haría sin ti. Tú eres el mejor de todos los papás en todo y en todos los universos, por favor enséñame, tú eres mi maestro para todo…”
Me quedé sin palabras al leer esto que les he compartido. Fue como una fuerte sacudida, seguida de una buena arrastrada para terminar sembrado en el suelo. Hoy me lo ha puesto por escrito mi hijo, pero cuántas veces lo habrá pensado y le llegué a fallar, cuántas veces no he sabido ser en su vida eso que él ve en mí y que soy para él.
Nadie nos enseña a ser padres o a como ser la familia ideal, ni siquiera los libros que se han escrito sobre esos temas, pues cada familia es distinta a otra, y entre los miembros que conforman cada una de estas hay diferentes formas de ser, de pensar, de sentir. Por ello creo que ser una buena familia es algo que se va construyendo momento a momento, algo que sólo se sabrá con el paso de los años en el recuento de todo lo que se haya vivido y de lo que somos y seremos responsables los padres antes que nadie más, pues como me enseñaron el día de hoy, un padre para su hijo es un maestro para todo.
Yo aquí termino con esta charla de hoy, pues es el Día de la Familia y aín hay tarde por disfrutar.
Por si alguno de los que leen se quedó con el deseo de saber cuál fue el platillo que me preparó mi hijo, fue una sincronizada con un corazón al centro hecho de salsa y una guarnición de rebanadas de manzana roja. La verdad, todo un manjar en este día tan especial.
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