La postura radical que ha tomado recientemente la Iglesia católica parece más un eco de la edad media y menos un grito desesperado de una institución que se ha dado cuenta que su derrota ha comenzado, que sus fieles ya no llenan las iglesias, ni las limosnas los altares para cubrir las indemnizaciones a las que se les ha condenado por los actos de pedofilia de sus sacerdotes.
Entre las personas que están condenadas se encuentran: las que utilizan condón, las que fornican sin haber contraído matrimonio (con o sin protección), quienes tienen una postura a favor del derecho al aborto (y las que abortan, obviamente), los homosexuales, los transexuales, así como evidentemente también se encuentra en ese grupo aquellos que no cumplan con los mandamientos y esos rituales que han establecido.
Es cierto que existe una libertad de credo, pero éste no da derecho a ninguna religión ni persona a juzgar y condenar a otros, menos cuando se trata de una institución cuyas prácticas tienen una dudosa ética. El principio de no interferencia de la Iglesia se viola cada vez que un cardenal, arzobispo o párroco se involucra en ámbitos que van más allá de su competencia.
¿Cómo responder a una ola que promueve intolerancia y falta de respeto hacia la diversidad de opinión? En este caso, la renuncia formal a algo a
lo que ya no pertenecemos. Un alto porcentaje de la población mexicana es católica, o algo menos eso nos dicen los censos, ya que la realidad demuestra que se ha transformado en una práctica social más; una excusa para comprar vestidos, rellenar tiempo en las graduaciones, o cumplir con ritos, por lo que una manera clara de probar que uno no apoya a una institución que promueve el odio, es dejándola.
Es ahí donde entra la práctica de la apostasía, lo cual no es sino la renuncia a la religión católica, un procedimiento a través del cual la Iglesia tiene la obligación de desaparecer nuestro registro de sus actas, se anula el bautizo y uno puede continuar con su vida y destino de condenado, pues ya lo había sido con anterioridad.
Puede parecer radical, pero la apostasía no es sólo un derecho, sino una protesta. El mensaje no atenta contra Jesucristo, sino con la institución que utiliza su nombre para promover sentimientos que convierten la fe en una paradoja. Y, al menos en mi caso, la intolerancia me hace intolerable.
Durante los últimos años, hemos sido testigo de acontecimientos que deben inspirar la reflexión, la mayoría de condenas religiosas están adornadas con muchas falacias y algunos argumentos que encuentro fuera de lugar en una época de cambio, donde la censura y críticas matizadas por la ignorancia parecían morir en este México que ya no es completamente católico y la diversidad finalmente comenzaba a surgir.
Resulta una verdadera lástima pensar en los argumentos de las opiniones de la Iglesia Católica, que ha dejado mucho que desear en la última década, no sólo por las actividades de sus miembros, sino por el silencio por el que se ha reconocido durante su historia.
Se debe recordar que, como dijo alguna victima del nazismo, “quien no condena, aprueba”, por lo que es tiempo de que vean los resultados de que ya no estamos todos dispuestos a aceptar su ceguera y condena contra la realidad. Una pancarta no basta, y al parecer dejar de asistir a la misa tampoco, por lo que la siguiente medida será la apostasía.
El tiempo sigue pasando, la hipocresía sigue bien puesta en su lugar. Ojalá los representantes de la fe católica reflexionen más sobre sus comentarios y recuerden que a veces el silencio es la mejor decisión, y que si cobran limosnas por amor a Dios, al menos deben investigar en qué consiste querer al prójimo, y en las medidas terrenales que deberán enfrentar si siguen promoviendo que el hombre para el hombre, siempre sea un lobo.
Apostasía, sí. Tolerancia ante el odio, no.





















