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La oficina

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27 de Noviembre 2017 | 14:34
Por Jacques Rogozinski
Mitos y Mentadas
Hace unos meses, una excolaboradora me contó que había llegado a Holanda a su nuevo trabajo. Lo primero que le pregunté fue qué tal estaba su oficina. La respuesta me dejó con los ojos abiertos: no existe, me dijo.
El banco de desarrollo que la contrató tiene un edificio de varios pisos en La Haya, es moderno e iluminado. Los ventanales son generosos y desde los pisos superiores se ve la ciudad. Cuando mi excolaboradora llegó al trabajo el primer día, pidió que le indicasen cuál era su oficina y el jefe la miró con cara de consternado. “Acá no hay oficina”, le dijo. “Elige el escritorio que quieras, siéntate donde te guste. Si llegas temprano puedes irte a los pisos superiores, elegir un escritorio cerca de las ventanas y trabajar contemplando el paisaje”.
La mujer, que ya estaba sorprendida, quiso saber qué haría con sus cosas personales si no tenía un escritorio propio. Las fotos de sus hijas, alguna planta de interior, sus libros, etcétera. El jefe entonces señaló hacia un costado, en donde ella podía tomar un carrito de los que estaban alineados contra la pared y allí guardar todas sus pertenencias. Cada día podría llevar su carrito a donde se sentase y al final de la tarde, empacar todo y devolverlo a su lugar. “Ese es tu real estate”, le dijo.
Pensemos un poco: una oficina completamente móvil. Ya no estarás en el mismo lugar por años (algo poco atractivo si te tocó una esquina sin sol o estás en el centro de una oficina rodeado de escritorios), sino que cada día podrás tener acceso a distintos lugares. Y este no es un concepto extraño. Es cada vez más popular en Japón, en algunos lugares de Estados Unidos y en Europa. Ahora cada quien llega con su computadora, se conecta donde quiera y trabaja como quiera.
Seguro que al principio puede ser extraño. Uno se encariña con los lugares, se crea un mapa mental. Si te toca un buen lugar en la oficina, no querrás dejarlo. Pero, por otro lado, la potencialidad de una oficina móvil es atendible. Las organizaciones se abren por completo, de ese modo ya no hay grupos fijos y las personas pueden interactuar con nuevas personas cada día. Ya no debes sentarte al frente o al lado de los mismos compañeros (y si tienes alguno insoportable cerca, con seguridad eso es un beneficio). La dirección de una empresa puede verse favorecida. Empleados que antes no tenían acceso para contar sus ideas, porque estaban en otro piso, en un área lejana, o sin cercanía, ahora rompen esa estructura y podrían tener acercamiento a los jefes. Toda una nueva socialización se inaugura.
Así como Uber está cambiando el modo en que nos transportamos, este modelo de oficinas llegará a México y cambiará la dinámica de las empresas y el negocio del real estate. Hay algo más asociado al banco de La Haya de mi excolaboradora: horas trabajadas no va de la mano con improductividad. Allí los empleados llegan a su horario, hacen su trabajo y se van a casa a la misma hora, todos. Nadie va a trabajar antes de las 7:00 horas ni se queda a altas horas de la noche. Tampoco lo hace en fin de semana porque las oficinas quedan cerradas y con las alarmas puestas. La gente ha hecho su trabajo y no hay razón para trabajar a deshoras. Según la OCDE, Holanda ocupa el cuarto lugar con menos horas trabajadas (mil 430) por empleado, después de Alemania (mil 363), Dinamarca (mil 410) y Noruega (mil 424).
¿No sería conveniente un modelo así en nuestras empresas y oficinas, tan sujetas a rigidez, tan encorbatadas y verticalistas, plagadas de improductividad y bomberazos? 
Jacques Rogozinski es economista, escritor, director general de Nacional Financiera y articulista en "Milenio" y "El Financiero"
rogozinski@mitosymentadas.com

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Jacques Rogozinski
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